domingo, 21 de marzo de 2010

Discurso sobre la fealdad y la belleza

...y todo lo que se relaciona con ella. Yo solo soy un tipo ridículo con deseos exagerados de aceptación, y lo más patético de todo es que lo hago en un medio tan ficticio como este. Creo que si fuese bello no estaría aquí, tampoco escucharía a Beethoven ni leería a Saramago o a Heine, mucho menos escribiría nada, sería un tipo corriente y feliz, creería en el éxito profesional y tendría una enamorada cuando menos. Si hay algún tema del que gozo de plena autoridad moral para escribir, es justamente el conocimiento que tengo de la fealdad física del hombre, por ser una cualidad inherente en mi constitución física. Las características que describiré como atributos inseparables en una persona grotesca las he observado, en una gran variedad de circunstancias, tanto en mi comportamiento como en el de personas afines a mi naturaleza contrahecha. Los sujetos deformes o feos físicamente suelen ser irascibles y huraños. Es indudable que existe una correspondencia entre el cuerpo y el carácter, y cuando la naturaleza ha errado en lo uno, es de presumir que también habrá errado en lo otro. Las personas bellas, por el contrario, son apacibles y alegres aunque sus sentimientos, en la mayoría de los casos, sean pueriles y estén colmados de mojigaterías, pero ellas afirman que sólo dan importancia a la belleza interior, lo cual es, a todas luces, una mentira colosal. Quien haya sido favorecido por la gracia y la armonía física es seguro que defenderá oficiosamente la dichosa belleza del alma, y negará obstinadamente que exista otro tipo de virtud. Las aberraciones humanas son, por lo regular, introvertidas y timoratas, sin que esto signifique que sean incapaces de defenderse de las burlas de que son víctimas. Tienen una capacidad asombrosa de ingenio y sagacidad, pero estas cualidades son en realidad un mecanismo de defensa que desarrollan desde su infancia para señalar hipócritamente los defectos de los otros, a fin de procurarse las mismas armas y recursos contra ellos y de poder tomar el desquite, llevando las de perder invariablemente. La única ventaja natural de que gozan los malcarados reside en que no tienen quien los envidie, más aún, las demás gentes los tratan como les dé la gana pues saben que si se les ocurre reclamar un trato digno o un mínimo de respeto pueden ser cruelmente repudiados. Su natural inferioridad adormece a los imitadores y rivales que creen imposible que aquellos esperpentos puedan elevarse hasta su altura. Y si por fortuna el eunuco tiene cierta inteligencia, no omite ni desperdicia ningún cuidado para desasirse del desprecio, ora valiéndose de la virtud, ora del vicio, ora de su capacidad para odiar; ésta última es la que yo he desplegado admirablemente. Los infortunados que hemos nacido inacabados e imperfectos físicamente, al principio somos empujados al ostracismo por la fuerza, pero después, si es que hemos sido capaces de superar el desprecio al que fuimos sometidos, seremos nosotros los que elegiremos voluntariamente el aislamiento, la soledad nos llamará y acudiremos presurosos en busca de su consuelo. Recluidos en la soledad, mientras contemplamos nuestro rostro execrable en un espejo, es como lograremos elevar la inteligencia hasta niveles insospechados e inimaginables para las gentecillas risueñas y vanidosas. El populacho nunca podrá conocer este tipo de sublimación, me refiero, naturalmente, a los hombres prosaicos que sólo tienen sus brazos para ganarse la vida. Esa clase de roedores humanos nunca tendrán el tiempo ni la capacidad para instruirse, morirán con un fetiche religioso en sus manos y creerán que su vida tuvo algún significado. Por lo demás, y esto es algo que resulta muy extraño en el comportamiento humano, es sabido que los hombres solitarios atraen la atención de las muchedumbres con una fuerza inusitada, al parecer producen un efecto cautivador en ellas.

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